Y viene, de repente, una noche.
En un bus oscuro, subiendo por la colina de Medellín.
Diciéndole adiós a la ciudad que vio por segunda vez.
Repleta de luces en un abajo profundo.
En el que queda ella.
Seguramente con él.
Mientras escucha la banda sonora de Trainspotting
Le vienen flashes del escrito que encontró en su diario
abandonado en el suelo por un extraño azar
justo al lado del colchón en el que descansaba mientras ella no estaba.
Hablaba del pene de él como nunca había descrito el suyo.
De sus embestidas sabrosas y...
No pudo leer más.
Qué envidia. O qué rabia.
Ni modos.
Chao ciudad.
Chao amorcito de universidad.
Qué puto dolor.
Hay que llegar a Bogotá.
En su walkman Trainspotting suena y suena:
Iggy Pop, Brian Eno, Primal Scream…
Iggy Pop, Brian Eno, Primal Scream…
El sueño.
Al llegar a la sabana
Sólo le queda el futuro
Y la felicidad en las busetas.
Ella insistirá en que es un error, un sueño, un poema.
Pero a él ya no le importa nada.
Y un día, pasando frente a un almacén de fotos
descubre su propia cara en una plancha de negativos
puesta momentaneamente sobre la vitrina.
Recuerda: se las tomó ella en el jardín botánico.
Toma la plancha y le da vuelta para verla mejor.
Descubré que solo ocupa cuatro cuadros.
El resto son fotos de él:
El hombre de sus poemas eróticos,
El que no existía.
Se ríe. De verdad se ríe.
La señora del almacén no entiende
y retoma la plancha de negativos
que dejaron hace poco para amplificar.
¿Qué foto querrá ella agrandar?
Habría que preguntarle...
Sigue riéndose. Es increible.
Es cómico.
De verdad.
Así piensa haberse liberado de un recuerdo que vendrá treinta años después,
Antes de dormir.