Poemas



29 may 2014

Mi calle en rabia

Bruselas es ciénaga que se esconde.
Por sus calles todo el que camina queda atascado,
Escuchando llegar de lejos la araña que a todos come,
Cada segundo marca sus pesados pasos.
La muerte aquí parece dulce,
Se le espera sin difamación.
La vida es pura preparación.

Los funcionarios, que solo piden vacaciones
Si no logran diagnósticos de enfermedades (fingidas y largas)
Que los dejen tranquilos
Recorrer la costa en un tranvía horriblemente silencioso,
Saben una sola cosa de la depresión :
Bajo la lluvia es contagiosa.

Si algo va mal y se enteran,
Responden de inmediato :
« ah, ça ! ».

Mientras tanto, un hongo blanco y fibroso
Puebla en silencio las vigas de todo un barrio
Destruyendo casas,
Y con el tiempo familias.

Merulio, en español  casi da risa,
Pero en francés, pronunciado al teléfono de una compañía de seguros,
(Ethias para que lo sepan)
Espanta :
El empleado te cuelga,
No te responde,
Se desaparece.
Meses después recibes una carta de su jefe,
Diciéndote, en pocos términos,
Que la compañía hará lo necesario:
Dejará pronto de cubrirte.

Tu casa caerá
Como parecen hacerlo todas las demás :
Sin ruido.

A menos claro,
Que tengas escondidos en algún lado
Los euros que distraen con flores a la araña
Para qué siga derecho y escoja entre tanto otro.

Bruselas es realmente una ciudad cosmopolita.
Vivo al lado de una larga calle de putas.

Febrero 2014

2 oct 2013

Consejos para soportar un naufragio

a) Un náufrago no olvida lo que aprendió en el bote.
b) Un náufrago sabe que el bote que se hundió no podrá salvarlo.
c) Un náufrago entiende que el mar es peligroso y que la mala suerte no es para los otros.
d) Si un náufrago pierde la esperanza se convierte en prisionero a perpetuidad; aun si después es rescatado.
e) Un náufrago sabe que puede morir como tal. Sólo la suerte puede salvarlo.
f) Un náufrago que quiere sobrevivir aprende a imaginarse de otra forma.

14 sept 2013

11 de septiembre


Antes de entrar al colegio de mi hija
Hay que pasar por una placita desolada
En cuya esquina hay un solo hombre
En negro impreso sobre una dorada banda.

Un lunes, al puro frente, mi hija le descubre
Una serie ordenada de coloridas flores
Y entiende que conmemoran a un muerto.
Se para, las mira un rato y me pregunta,
Segura de que algo tengo que saber
¿Quién es ese señor papá ?

Dudo, no sé si contarle toda la verdad,
Acaba de cumplir solo cinco años
Y ya la trabajan demasiados silencios.

Contempla al hombre en su expresivo gesto
Y me pregunta de nuevo, como cambiando el tono:
¿Está bravo? sólo para empujarme a hablar.

No hija, está haciendo un discurso.
Es Allende.
Salvador Allende.
Un chileno.
Presidente.

Que respuesta más extraña, me dice sin palabras.
Luego, en su mirada : tienes que decírmelo todo.

Entonces me largo a contarle la historia, por pedazos,
Tratando de no pronunciar suicidio o asesinato
(Pinochet no se merece tanto).

Mi hija, que entiende lo que puede entender
Y que siempre es más de lo que creo,
Digiere de a pocos.
Luego dice, para hacer justicia
¡Nosotros también vamos a regalarle flores!

No sé dónde empezar a buscarlas,
Ella ya las agarra todas:
Tréboles, mucho pasto,
Y pequeñas flores blancas
Nacen así de su mano.

Las ponemos juntos, delicadamente,
En un ceremonial que inventamos.
Entonces me pide que le lea
La frase sobre la que Salvador apoya su codo izquierdo.
Es una de las últimas.
La emoción me traiciona.

Mi hija se queda mirándolo
Como si todavía él la estuviera pronunciando.
Luego entiende por qué mi voz se ha torcido
y me pregunta :
¿También en Colombia lo hubiesen matado?

***

Eso fue hace un año.
Hoy tengo, hija mía,
Los mismos cuarenta
Que un golpe de Estado.


Septiembre 2013-14

Inmortales

Supongo que cada año, por la misma época,
Algunos hombres se ponen bravos:
¡Tampoco esta vez el nobel se ganaron!

Sé que todo el tiempo
Otros muchos no aguantan
Que uno de los suyos
¡Y en su propio idioma!
Se lo haya ganado
Contando historias que pensaban olvidar.

Septiembre 2013

23 abr 2013

22 rue du college

22 rue du college

La arañita, descubierta, se pregunta
Si también con el armario nos llevamos
Las polillas que esperaba ansiosa
Ver salir de nuestros viejos sacos.
Mi hija mayor, impresionada,
La ve replegarse en gesto de amenaza
Que contradicen sus hilos maltrechos
Y una que otra bola de polvo.
No sabe qué pedirme
Si llevarla con los peces del acuario
O darle fin con un certero escobazo.

Propongo dejarla en paz,
Para que llene el silencio de diminutos pasos
Y que haga suyas las gigantes piezas blancas.

Ya bajamos el piano,
Tambaleando sobre peatones
Que no hacían caso de ningún agüero.
Ya llevamos las plantas
Coronando con fragilidad alborotada
El peso bruto de tanta caja.
Ya doblamos los colchones
Que resistían como seres vivos
Las varias vueltas de una sola cuerda.

Sobre el ronroneo impaciente del camión cerrado
Me largo a contemplar por última vez
Este vasto espacio que encierra
Cinco años de hermosa memoria.

Aquí, frente a las altas ventanas
Que dejan entrar un sol esquivo,
Recibimos visita
Y rodearon cuna,
Las veces de nuestros dos milagros.
Indagaban siempre, suavemente,
Por el origen de sus nombres
Que hacen del español y el francés una sola cosa.

Lila-Romance:
Aquí vino alguna vez corriendo
A ver si con la lluvia también caía el arco iris.
Alba:
Justo al lado, sobre aquel muro,
Quedan las huellas aceitadas, sus pequeñas manos,
Y el trazo alegre del plumón colorido
Con que firmaba nuestros sueños
Cuando no lograba despertarnos
(Solo se ven cuando se mira de soslayo).

La madera del suelo también guarda
El peso de un sillón dividido en cuatro.
Sobre él, por las tardes,
Manon descubría en su vientre minúsculos espectáculos,
Sobre un ritmo sordo de golpecitos de manos,
Así, cada una de ellas,
Anunciaba la constitución de su carácter.

Y si nada queda de sus tropiezos
Con que fueron aprendiendo a andar,
Aquí, por todas partes,
Las escucho todavía cayendo como gotas.

De esa humedad me he ido llenando.

Abril 2013

20 sept 2012

Garganta


Dicen que estos cerros
Son boca que traga entero.

Jóvenes de bozo reciente,
Sin tiempo para cicatrices;
Niñas de piernas cortas
Que empujan vientres hinchados;
Viejos provenientes de antiguos silencios
Riendo sin muelas por lo bajito;
Hombres luchando contra el moho,
Con mangas que aún enmugra la tierra que abandonaron;
Mujeres que levantan casa con papelitos
Mientras cuecen sus sancochos sobre piedras.
Hasta perros, ladrando sin levantar cabeza,
O loros grises a los que ya no molestan jaulas.

En una indigestión sin fin van cayendo,
Todos.
Ni la roca guarda su memoria.

¡Esas casas son dientes!
Y el olor que inunda la sabana
Puro aliento de monstruo.
Desesperado,
Rabioso.

Pero se sabe:
El infierno sólo es un paisaje
Pintado desde muy lejos.

Ninguna bestia tolera cercanía.

Un día,
En nuevas botas de caucho,
Subes por los caminos sinuosos del barro,
Invitado.

La lluvia, haciendo riachuelos por los lados,
No modifica el andar de las mujeres
Ni logra ensuciar sus zapatos de domingo blanco.
Mientras ellas lanzan piropos
Sus hombres les riegan flores
Y los hijos, en paseos de esquina a esquina,
Andan más elegantes que los abuelos en sus mejores fotos.

Arriba hay un árbol al que nombran sonrojándose,
Testigo solitario de prohibidas citas.
A él deben su existencia
Varios de los niños lanzadores de trompos
Que ahora dan vuelta entre sus raíces.

De abajo vienen cables de luz, caprichosos,
Y antes de pasar de largo,
Se dejan colgar cometas
Y hasta un par de zapatos de marca
De alguien que ya no quiere bajarlos.

Cada casa trae su tinto,
De un grano molido que apenas oscurece a la panela.
Mientras lo tomas aprendes por sorbos:
Aquí los secretos sirven para poco.

Saliendo te encuentras con un joven de nombre griego
Que enseña a sus amigos de cuadra
Las pericias informáticas aprendidas
En esa distante universidad
Que refleja allá el sol cayendo a nuestra espalda.    

Te cruzas entonces con esa mujer
Que resume todo el país en su belleza:
Te clava su mirada por segundos,
Con ella has bailado desde siempre.

Vuelves,
Varias veces.

No falta la tarde,
En que un joven de capucha oscura
Te recuerda, en voz disfrazada,
Que en estos cerros la violencia no es puro cuento.


Septiembre 2012

25 mar 2012

Un encuentro

Me lo soñé, hermano,
Cayendo desde el cielo.
Feliz, pasando entre las nubes
Con un paracaídas amarillo
Sin abrir.
Me le acerqué, no sé cómo,
E intenté hablarle.
No sabía que practicara el salto.

Al verme su expresión cambió.
Me dijo que andaba afanado.
Quería llegar al patio de su casa
Antes que cualquier otro de su familia
Para convertir la tela extendida del paracaídas
En esa bola diminuta que cargaba ahora en la espalda
Y poder esconderla en alguna parte del armario.

No quería que supieran
Lo que hacía de sus tardes.

¡Qué mal llegaba yo!

No supe qué hacer.
Pensaba en prometerle un silencio total,
Pero noté que la confidencia lo molestaría aún más:
Me daba justo ese derecho
Que luchaba por quitar a los demás.

Entonces aceleró y se perdió allá abajo,
Dejándome con esa frase,
Que aún hace flores en mi cabeza,
Dicha con una boca tan distinta a la suya.

«Me cansé de ser generoso».

Buscándolo entre el paisaje, inútilmente,
Traté de entenderlo.
Le deseé, mi hermano,
Que disfrutase al máximo sus saltos solitarios.

Marzo 2012